Malos tratos, insultos, peleas, palizas…y a gran escala, guerras.
La violencia en apariencia imparable que llena los telediarios es inconcebible en un mundo tan avanzado como el nuestro, o al menos debería serlo.
No nos preguntamos por qué no arreglamos las cosas civilizadamente, utilizando el don de la palabra con el que hemos sido dotados.
No nos preguntamos por qué no somos capaces de parar los horrores que suceden cada día.
“De eso se encargan los gobiernos”, dicen muchos. Y es cierto, pero los gobiernos los votamos todos, al menos en los países democráticos.
¿Qué nos cuesta ponernos a reflexionar sobre lo que ocurre en el mundo?
“Reflexionar no sirve de nada”, dirán, “reflexionar no interrumpe la violencia”. Y es cierto, pero al menos reflexionar sirve para que nos demos cuenta de las cosas.
Si ni siquiera nos tomamos tiempo para pensar en ellas porque creemos que lo van a solucionar los demás, jamás se encontrará la solución.
Este año he aprendido que quien calla ante una injusticia, colabora con ella, y por eso hoy hablo aquí.
No servirá de nada todas las palabras que pueda gastar en este blog quejándome de las guerras que aquejan la Tierra (no es el frente entre Israel y Palestina el único que ha estado abierto estos días), igual que tampoco serviría ponerme delante de un cañón sacrificando mi vida para que el resto de la humanidad dejase de sufrir.
No servirá nada de esto para parar la violencia, pero hoy he reflexionado y necesitaba decirlo.











