Paul Auster es el gran invitado del día en esta tienda que ha sido decorada con esmero ambientándose en Nueva York, la ciudad en la que se desarrolla la trama de su último libro. Hay paredes cubiertas con imágenes de la Estatua de la Libertad, empleados que reparten a todo el mundo botellas de agua, galletas, muffins y rosquillas, y hasta una banda compuesta por dos guitarras y un cello ameniza con blues la espera de las decenas de personas que aguardan impacientes.
“No creí que fuese a venir tanta gente”, dice una chica sentada casi al principio de la fila, “aunque yo llegué a las 5 y media”. La firma está previsto que empiece a las 8 y media, ¿por qué has venido tan temprano?, le pregunto. Sonríe y responde “por si acaso”.
La banda deja de tocar y un televisor enorme de plasma retransmite en streaming el coloquio que se desarrolla unas plantas más arriba en el que el cineasta y escritor Vicente Molina Foix le hace preguntas de todo tipo a Auster frente a una audiencia limitada.
Ya son las 8 y cientos de personas dan la vuelta a media manzana, esperando. Algunos han salido de trabajar a las 7, otros no creían que fuese a haber tanta gente y no han sido tan precavidos como la chica del principio y otros simplemente preguntan a los de la fila que qué hacen ahí.
- ¿Qué hoy firma libros Paul Auster? Vaya, no me había enterado. –dice un chico apesadumbrado tras preguntar a un matrimonio.
Media hora después, el coloquio entre Auster y Molina Foix toca a su fin. Pocos minutos tarda el escritor en llegar a la planta baja entre flashes de cámaras, miradas expectantes y, lo más importante, entre los aplausos de los fans que llevan horas allí.
Cuando esperas algo tan ansiado, los pocos segundos que pasas frente a uno de tus escritores favoritos te saben a poco. Muchos de los que salen con sus ejemplares firmados se quejan de que no los ha dedicado, sino que se ha limitado a estampar su firmar en la primera página. No obstante, a la mayoría no le importa haber esperado tanto tiempo, ya que tienen entre sus manos un libro que ha ganado un gran valor en el segundo que ha tardado Auster en trazar un garabato.
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